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DURA DE LA PIZARRA II.

    Hola amigos, de nuevo con vosotros para relataros la odisea vivida el pasado día 8 de junio en la Ruta Dura de la Pizarra II. La cosa prometía porque en los días anteriores había llovido con la suficiente intensidad como para que a la tierra no le hubiese dado tiempo a absorber todo el agua, como así fue.

    En principio formamos dos grupos que saldrían con una hora de diferencia, para no tener problemas legales con el número de coches. En el primer grupo íbamos Diego con el Toyota, Jesús e Inés con el Terrano y yo con mi nuevo Super Exceed. El segundo estaba formado por Ángel y Loli con su Galloper, Carlos y su familia con el Toyota y César y Ali con su Samurai.

    Salimos de Beleña, primer vadeo, sin problemas. No demasiado profundo y sin corriente, luego una trialera con piso de barro rojo, cruces de puentes, vegetación, etc... muy divertido. Llegamos a la casilla 28. Opción a: Fácil, opción b: Difícil. Ni pensarlo dos veces, de cabeza a la opción b. ¡¡ DIOS MIO, QUE CORTAFUEGOS¡¡ Empezamos con inclinaciones de 30º, y a los doscientos metros ya era de 38º. Para poco más adelante convertirse en un talud casi vertical que invitaba, mas que a bajar en coche, a hacer un bonito “rappel”. Imposible bajar por ahí. Jesús y Diego inspeccionaron el lugar por si encontraban alguna escapatoria, al parecer no había otra que subir por donde habíamos bajado. Lo intentamos los tres, los coches patinaban, se cruzaban. Con un “firme” de tierra suelta y barrillo, los neumáticos no conseguían agarrar en nada. Por fin decidimos usar el cabrestante de Diego y subir por lo menos un coche. Así que sujetamos una eslinga a un robusto árbol y adelante. El cabrestante se calentaba por el esfuerzo y cada 15 ó 20 metros había que parar y dejarlo enfriar. Mientras, íbamos pensando que cuando el coche estuviese arriba no tendríamos entre todos suficientes metros de cable y eslinga para remolcar a los otros dos coches.

    Entre tanto por la emisora intentábamos conectar con el segundo grupo a través del canal 8 que habíamos acordado de antemano. Primero para que no tuvieran la tentación de adentrarse en el cortafuegos y segundo para que viniesen a ayudar en forma de brazos y eslingas. Al cabo de un buen rato, la voz amiga de Ángel al otro lado del receptor: “Hola Goyo, ¿qué pasa?”. Les contamos lo ocurrido y en cinco minutos estaban todos allí ayudando. Logramos subir un poco más el coche de Diego, le dimos la vuelta y lo enganchamos a uno de los coches del segundo grupo para que sirviera de ancla. Luego empalmamos eslingas y cable y enganchamos el Galloper. Al primer tirón de eslinga, empiezo a trepar en primera reductora. Otro tirón y listo. Después Jesús, la misma historia. Por fin estabamos libres después de unas tres horas de esfuerzos.

    Nos fuimos a comer los dos grupos juntos, comemos a las 16,00 (salimos de Beleña a las 10,00 y hemos recorrido sólo 25 kilómetros). El ambiente de la comida inmejorable como siempre con los Cofrades. En eso que Inés, la mujer de Jesús, se siente indispuesta. Tal vez la tensión acumulada en el cortafuegos le pasa factura. Total, que Jesús, con buen criterio decide que se van a casa. Tras despedirnos, quedamos cinco coches (cifra legal en Guadalajara), nos vamos todos juntos hacia el vadeo de la Dura de la Pizarra I, que en esa ocasión no pudimos hacer por llevar mucha agua y fuerte corriente. Este vadeo está precedido de la pendiente en bajada con más mala leche que he visto nunca. Roderas, piedras sueltas, barro...¿Alguien da más?. ¡SI¡ Una pendiente peor que la del cortafuegos. Metemos primera reductora y tocando freno de cuando en cuando bajamos sin más problemas y así llegamos al vadeo. Sinceramente creo que llevaba más agua que la otra vez. Carlos, no se lo piensa dos veces, se mete en el agua que le llega casi a la cintura y la fuerza del agua es tal que casi le tira. Bien, la prudencia aconseja no vadear. Alternativas, no hay. Solamente volver sobre nuestros pasos. Allí nos esperaría esa deliciosa pendiente en bajada con roderas, piedras sueltas, barro y más de 35º grados de inclinación. Lo intentan César y Carlos, los coches no pueden con ella, incluso en una ocasión, el Toyota de Carlos levanta el eje delantero mientras resbala hacia atrás. No se puede. Las opciones que se nos presentan son dos: O vadeamos como está, o esperamos al mes de Agosto a que todo esté bien sequito. ¡Pues venga¡, de nuevo al vadeo. Sellamos las puertas con cinta americana. Pasa primero Diego por si hace falta usar de nuevo el cabrestante. Al pasar por alguna piedra del fondo combinado con la fuerte corriente, da un salto de atrás, nada alarmante. Luego pasa Ángel, perfecto en su trayectoria. Detrás voy yo y de nuevo la piedra y la corriente me desplazan casi un metro a la izquierda, que me deja casi sin ángulo para salir, pero lo consigo. Carlos ata una eslinga al Samurai de César, pues pensamos que si la corriente y las piedras pueden desplazar los 1700 kilos del Galloper, no sabemos lo que podrían hacer con los 1200 del Samurai. Afortunadamente pasan los dos y por fin respiramos.

    En esos momentos son las 19,00, hemos tardado nueve horas en hacer unos 40 kilómetros. Estamos todos cansados y tensos, pero ha merecido la pena aunque sólo fuese por los momentos de intensa camaradería vividos. Estoy seguro de que este día pasará a nuestro anecdotario como “Ese día que las pasamos canutas”.

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